Cuando lo tuve frente a mí, tan alto, tan guapo con su toga negra y con los ojos llenos de lágrimas igual que los míos, las piernas me temblaban tanto que sentí que me iba a caer en ese mismo instante. Yo traté de esconder mis manos detrás de la espalda para que nadie viera mis uñas cortas y la piel reseca por el jabón en polvo, y apenas pude susurrarle con la voz quebrada:
—Hijo, por Dios, regrésate al escenario… me estás poniendo en vergüenza frente a toda esta