escrituras de un pequeño departamento en planta baja para que yo ya no tuviera que subir escaleras ni volver a tocar un trapeador ajeno en mi vida.
Hoy, ese uniforme azul de limpieza y mis tenis gastados ya no los uso, pero los tengo guardados como un tesoro en el clóset junto al título universitario de mi hijo. Porque cada vez que los veo, recuerdo que ningún trabajo honesto debe darnos vergüenza, que las manos maltratadas de una madre valen más que cualquier joya cara, y que el verdadero éxito