en no volver, recordaba su casa vacía y aquella nevera casi sin comida.
Así que seguí.
Semana tras semana.
Mes tras mes.
Nunca recibí un solo peso.
Pero tampoco dejé de ir.
Incluso comencé a llevarle medicamentos cuando podía.
Una vez tuvo una crisis de presión y fui yo quien la llevó al hospital público.
Pasé casi seis horas sentado junto a ella.
Cuando finalmente regresamos a casa, estaba agotado.
Carmen me miró desde su cama.
—¿Por qué haces todo esto?
—Porque usted me necesita.
Ella negó lentamente con la