segundos.
Después me dijo:
—Entonces no abandones tus estudios.
—No pienso hacerlo.
—Prométemelo.
Sonreí.
—Se lo prometo.
Ella me tomó la mano.
—Bien.
No entendí por qué aquella promesa parecía significar tanto para ella.
Pasaron los meses.
Y ocurrió algo que al principio me molestó.
Carmen dejó de pagarme.
La primera vez me dijo:
—La próxima semana, Diego.
La segunda:
—Perdóname. En cuanto cobre una cantidad que estoy esperando.
La tercera:
—Te pagaré todo junto.
Al principio pensé en dejar el trabajo.
Yo necesitaba dinero.
Pero cada vez que pensaba