fuerte que cualquier discurso. Había desafiado al capataz Ochoa en tres ocasiones memorables, soportando castigos que habrían matado a hombres del doble de su tamaño, y aún así permanecía inquebrantable, orgullosa, casi majestuosa en su resistencia.
La primera vez fue cuando se negó a trabajar en domingo, día sagrado. Según las enseñanzas que había recibido de los misioneros en su pueblo natal. Ochoa la había azotado hasta que su espalda era un mapa de carne destrozada, pero ella no había gritado ni una sola vez, manteniendo los ojos fijos en