hombres como para mujeres de la época, y su cuerpo era puro músculo forjado por el trabajo brutal que destruía a la mayoría en cuestión de años. Su piel color canela relucía bajo el sol despiadado del desierto y sus ojos negros, como el obsidiana, brillaban con una fiereza que ningún látigo había podido quebrar.
Y créanme que lo habían intentado incontables veces. Hablaba poco español cuando llegó a San Jerónimo, pero había aprendido lo suficiente para comunicarse, aunque prefería el silencio a las palabras innecesarias. Sus acciones resonaban más