conocimiento de caligrafía para reproducir los registros de su padre, escondiéndolos en un lugar que solo él y Schitl conocían, detrás de un panel suelto en la pared de la habitación de ella, que había descubierto por accidente. Pero el varón, incluso en su vejez, no era tonto ni descuidado. Había sobrevivido décadas en un mundo brutal, siendo más astuto que sus enemigos.
Había notado el cambio en su hijo, la forma en que Alejandro ahora hacía preguntas penetrantes sobre la administración, su interés repentino en los libros de contabilidad