esclavos había tomado un impulso propio, años de abuso y humillación explotando en una furia que no reconocía límites ni autoridad.
Algunos guardias yacían muertos en el suelo, charcos de sangre expandiéndose bajo sus cuerpos. Otros habían huido cobardemente, valorando sus vidas más que su lealtad al varón. El aire estaba espeso con humo que quemaba los pulmones y gritos que helaban la sangre. Alejandro y Shochitlon hacia los establos, esquivando grupos de combatientes, saltando sobre escombros ardientes.
Ella había escondido dos caballos allí días antes, anticipando que algún día