tipo de mito que surge naturalmente alrededor de personas extraordinarias.
Pero la historia persistía. Cuando Esteban Ochoa arrastró a Alejandro hasta el barracón número siete al amanecer siguiente, el joven lloraba en silencio, lágrimas que dejaban rastros limpios en su rostro cubierto de polvo del camino. Sus ropas finas de seda y lino importado contrastaban obscenamente con las paredes de madera podrida y el suelo de tierra apisonada del barracón.
El capataz lo arrojó al interior como si fuera un saco de grano sin valor, disfrutando visiblemente de la humillación