había abierto sus puertas sobre aquella tierra Y durante las noches, el frío del desierto penetraba hasta los huesos de quienes dormían en los barracones sin calefacción. El varón era un hombre de 60 años, corpulento y de mirada cruel, cuyo linaje se remontaba a los primeros conquistadores que habían pisado estas tierras tres siglos atrás.
Su obsesión, por perpetuar el apellido Mendoza, lo había consumido durante décadas, convirtiéndose en una fijación tan poderosa que había sacrificado toda humanidad en su altar. Pero su único hijo, varón, Alejandro, representaba la