sin cuestionar.
El precio fue exorbitante, 500 piezas de plata suficiente para comprar una hacienda pequeña. Pero el viejo noble pagó sin vacilar. La noche del 15 de septiembre de 1859, durante una tormenta eléctrica que [carraspeo] sacudía los cimientos de San Jerónimo con truenos que sonaban como artillería de guerra, el varón organizó lo que solo podía describirse como un juicio inquisitorial privado.
En el gran salón de la mansión, un espacio enorme con techos de 6 met de altura decorados con frescos religiosos ahora oscurecidos por el tiempo,