ellas. Un viento helado recorrió el espacio cerrado. Imposible, porque todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Y era una noche de septiembre en el desierto. El aire se volvió tan frío que el aliento de todos se condensó en nubes visibles cuando las velas comenzaron a reencenderse solas segundos después.
Y entonces un grito, no de Shitlle, sino del propio padre Justiniano. Un grito de terror puro que resonó en el salón como algo vivo. Cuando los sirvientes lograron reencender algunas velas con manos temblorosas, encontraron al sacerdote renegado