lengua muerta.
“Que los antiguos hablen!”, gritó con voz que no sonaba del todo humana. que la verdad sea revelada aunque los cielos caigan. Y entonces, en ese momento preciso, sucedió algo que ninguno de los presentes olvidaría hasta el día de su muerte, algo que desafiaría cualquier explicación racional. Las 100 velas se apagaron simultáneamente, cada una de ellas, sumiendo el salón en oscuridad absoluta más negra que cualquier noche.
No fue viento, no hubo corriente de aire, simplemente se extinguieron como si una mano invisible hubiera pasado sobre