lentamente.
—Te perdono, Diego.
Sus ojos se humedecieron.
—¿De verdad?
—Perdonar no significa regresar.
Bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No quiero vivir enojada contigo. Pero tampoco quiero reconstruir algo que terminó cuando decidiste que mi dignidad dependía de una cifra.
Diego cerró la caja.
—Entiendo.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía entenderlo de verdad.
Me despedí.
—Espero que algún día seas feliz.
—Y yo espero que alguien sepa valorar lo que yo no supe.
Caminé hacia el automóvil sin mirar atrás.
Arturo estaba esperando junto a la puerta.