pensé que eras tú castigándome. Luego leí cada queja. Escuché mis propias grabaciones. Yo decía a mis empleados exactamente lo mismo que te dije a ti: que su salario determinaba su valor.
No respondí.
—Me convertí en alguien que el Diego de hace cinco años habría detestado.
Sacó una pequeña caja del bolsillo.
Reconocí inmediatamente nuestra alianza.
—La guardé todo este tiempo.
—No tienes que devolvérmela.
—No intento pedirte nada. Solo quería cerrar esto correctamente.
Abrió la caja.
—Perdón.
Esta vez no había excusas.
Ni discursos.
Solo una palabra.
Respiré