a mi madre que no comentara nuestra conversación con nadie y marqué al departamento de contabilidad.
Gabriela, mi asistente, contestó casi inmediatamente.
—¡Licenciada, gracias a Dios! Llevo dos días buscándola.
—¿Qué pasó?
—Sergio quiere vender la bodega principal. Dice que su papá ya autorizó la operación.
—Eso es imposible.
Nuestra bodega estaba valuada en más de 43 millones de pesos. Era indispensable para las rutas de distribución.
—Pues la están vendiendo por catorce millones —susurró Gabriela—. La compradora es una empresa creada hace tres semanas.
Sentí náuseas.
—¿Quién preparó el