Mi marido me llevó a una casa abandonada y me pidió que pasara un mes sin comunicarme con nadie. “Así sabré cuánto me amas”, dijo antes de marcharse. En lugar de esperarlo llorando, fui al río y descubrí un costal que se movía. Un niño me ayudó a entender lo que estaba pasando, pero lo peor llegó cuando supe qué habían hecho con mi firma electrónica.

mi oficina.

Dos horas después comprendimos el verdadero tamaño del fraude.

La empresa que pretendía comprar nuestra bodega se llamaba Inmobiliaria del Norte. Su representante era Adrián Montes, hermano de Paola.

El inmueble valía aproximadamente 43 millones de pesos, pero habían preparado una operación por catorce millones.

Su intención era revenderlo inmediatamente a un comprador que ya tenían localizado.

Sin embargo, eso no era todo.

También habían presentado facturas falsas por doce millones de pesos, supuestamente destinadas a la adquisición de tractocamiones.

El proveedor era otra sociedad vinculada con Adrián.