Mi marido me llevó a una casa abandonada y me pidió que pasara un mes sin comunicarme con nadie. “Así sabré cuánto me amas”, dijo antes de marcharse. En lugar de esperarlo llorando, fui al río y descubrí un costal que se movía. Un niño me ayudó a entender lo que estaba pasando, pero lo peor llegó cuando supe qué habían hecho con mi firma electrónica.

Pretendían sacar dinero de las cuentas empresariales y después quedarse con la diferencia de la venta de la bodega.

Habían preparado ambos movimientos mientras yo estaba incomunicada.

—Gabriela, guarda copias de todo. No quiero que desaparezca ni un solo documento.

Ella asintió.

Después llamamos al notario que supuestamente formalizaría la compraventa y le advertimos que la operación estaba siendo impugnada.

Al escuchar las irregularidades, confirmó que no autorizaría ninguna escritura hasta esclarecer la situación.

Mi siguiente destino fue el hospital.

Encontré a mi madre sentada afuera de terapia intermedia.

Tenía