era subdirector de operaciones.
Durante meses habíamos discutido porque, según él, yo dedicaba más tiempo a revisar balances que a nuestro matrimonio.
Por eso, cuando propuso celebrar nuestro aniversario pasando un mes en una comunidad de la Sierra Norte, acepté.
—Nos hace falta volver a encontrarnos —me había dicho.
Pero al bajar de la camioneta sentí que algo estaba mal.
La casa tenía las paredes descarapeladas, un techo de lámina oxidada y un pequeño corredor de madera que crujía bajo nuestros zapatos.
—¿De verdad vamos a quedarnos aquí?
—No seas