exagerada, Mariana. Hay electricidad, una estufa y hasta un río cerca.
Antes de entrar, Sergio me pidió que apagara mi celular.
—Los dos vamos a desconectarnos. Déjalo en la guantera.
Obedecí.
Adentro encontramos muebles viejos, una cama matrimonial y una cocina que olía a humedad. El pozo apenas tenía agua, pero Sergio aseguró que nos acostumbraríamos.
Aquella noche jugamos cartas, preparamos café de olla y conversamos como cuando éramos novios.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí cerca de él.
Hasta que, pasada la medianoche, escuché sonar un teléfono.