los ojos cansados, pero sonrió cuando me vio.
—Tu papá salió bien de la cirugía, hija.
La abracé tan fuerte que comenzó a llorar.
Cuando finalmente pude entrar a verlo, mi padre estaba pálido, conectado a varios monitores.
—Mijita —susurró—. Pensé que no llegarías.
Le besé la frente.
—Aquí estoy, papá. Y ya no pienso dejar que nadie decida por nosotros.
Una enfermera se acercó para revisar sus medicamentos.
Al verla, me quedé inmóvil.
Era la mujer de la fotografía que Tomás me había mostrado durante el viaje en lancha.