su padre está hospitalizado. No es utilizar su identidad para robar. Y tampoco es acostarse con otra mujer.
Sergio empezó a llorar.
Se acercó, pero retrocedí.
—Vamos a divorciarnos. Y tendrás que responder por cada peso que tomaste.
—¿No puedes perdonarme?
—Puedo dejar de odiarte algún día. Pero eso no significa que vuelva a confiar en ti.
Aquella tarde regresamos a Puebla por la carretera alternativa.
Mi padre, todavía recuperándose, escuchó la confesión de Sergio acompañado por el abogado de la familia.
No gritó.
Eso fue lo que más impresionó