cabeza.
—Usted no tiene que…
Me interrumpió suavemente.
—Sí tengo. Te recibimos en esta familia, pero no te dimos la protección que merecías.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Richard colocó su mano sobre la mía.
—Esos niños no son una amenaza para nuestro apellido. Son personas. Y merecen llegar al mundo sin cargar con los errores de sus abuelos.
Aquellas palabras fueron el primer gesto de verdadera paz que recibí de la familia Williams.
La noche en que casi los perdimos
A las veintiséis semanas de