que podían cambiar el diagnóstico.
Me quedé inmóvil.
—¿Estás diciendo que sí podías tener hijos?
—Estoy diciendo que nunca debieron asegurarnos que era imposible.
Sentí una punzada de rabia.
—¡Pero yo estuve allí! ¡Escuché al médico decir que tenías azoospermia congénita!
Sebastián se pasó las manos por el rostro.
—Ese médico trabajaba para una clínica vinculada a la fundación de mi madre.
—¿Y tú lo sabías?
No respondió inmediatamente.
Fue suficiente.
Me levanté.
—Dios mío, Sebastián.
—Sofía, escúchame.
—¡Tú lo sabías!
—Sabía que había dudas sobre el diagnóstico. No sabía