Me casé con un millonario que jamás podría tener hijos… Tres meses después, el médico me dijo que esperaba trillizos y mi esposo apareció en el hospital

que mi madre había intervenido para ocultar parte de los estudios.

Solté una risa amarga.

—Qué conveniente.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No te estoy pidiendo que me creas sin pruebas.

—Entonces dime algo. ¿Por qué nunca me hablaste de esa segunda opinión?

El silencio que siguió fue insoportable.

Finalmente respondió:

—Porque tenía miedo.

Lo miré fijamente.

—¿Miedo de qué?

—De que pensaras que me había casado contigo por la posibilidad de que pudieras darme hijos. Mi madre ya había convertido ese tema en una obsesión. Y yo quería