mismo tiempo.
Sebastián cerró los ojos.
—No puede ser. Acabamos de acostarlos.
Me reí.
—Bienvenido a la paternidad.
Caminamos juntos hacia la habitación de nuestros hijos.
Mientras levantaba a Emma de su cuna, Sebastián me miró con una sonrisa cansada.
—Sofía, ¿puedo confesarte algo?
—¿Qué?
—Si alguien me hubiera dicho hace dos años que algún día estaría cambiando pañales a las tres de la mañana, habría pensado que estaba loco.
Besé la frente de Lucas.
—Y, sin embargo, aquí estás.
Él tomó a Olivia en brazos.
—Aquí estoy. Y no