cambiaría esto por ninguna fortuna del mundo.
Aquella noche comprendí que nuestra verdadera riqueza no estaba en las cuentas bancarias de los Williams ni en el apellido que llevaban nuestros hijos.
Estaba en aquellas tres respiraciones tranquilas.
En el hombre que había aprendido a decir la verdad.
Y en la familia que habíamos decidido construir sin permitir que otros escribieran nuestro destino.
Durante mucho tiempo creí que mi mayor prueba de amor había sido aceptar casarme con Sebastián sabiendo que quizá nunca tendríamos hijos.
Me equivocaba.
La verdadera prueba fue