a mí me gustaba.
Una tarde pasé frente a una vieja fotografía familiar.
Ricardo estaba en medio.
Miguel tendría 9 años.
Daniela 12.
Lucía apenas 6.
Todos sonreíamos.
Toqué el marco con los dedos.
Cambiar mi testamento nunca significó que hubiera dejado de amar a mis hijos.
Cambiar el código del portón tampoco.
Aquel código representaba algo que tardé 72 años en aprender.
El amor no significa acceso ilimitado.
Ser madre no significa que mi casa, mi tiempo, mi dinero y mi paz deban permanecer disponibles para siempre.
Mis hijos