trabajo.
Me repetía que así era la vida adulta.
Hasta que empecé a notar algo extraño.
Cuando Daniela llamaba, preguntaba por el seguro de vida que Ricardo me había dejado.
Miguel quería saber si mi testamento estaba actualizado.
Lucía insistía en que aquella casa era demasiado grande para mí.
“Podrías venderla, mamá. Comprarte un departamento bonito y vivir más tranquila.”
La casa estaba valuada en aproximadamente 17 millones de pesos.
Ricardo y yo también habíamos acumulado cerca de 11 millones entre inversiones y ahorros.
Y existía una póliza de seguro