comprendía que el hombre con el que acababa de unirse en matrimonio no era un exitoso abogado brillante, sino un criminal acorralado por su propia ambición desmedida. La alta sociedad que minutos antes reía con sus burlas hacia nosotros ahora murmuraba con indignación contenida, señalando al novio con expresiones de absoluto desprecio. Julian intentó agacharse para recoger los documentos, pero sus manos temblaban de tal forma que sus dedos solo golpeaban el suelo sin fuerza ni coordinación. El micrófono continuaba activo, amplificando su respiración agitada y sus balbuceos incoherentes ante
El peso de la mentira