disolverse en la niebla otoñal. Sin embargo, en su postura ya no quedaba rastro de aquella sumisión y dulzura con las que, durante años, había tolerado mi frialdad y mi agenda abarrotada. Se percibía en ella la fuerza indestructible y gélida de un ser que lo ha perdido todo y que, por consiguiente, se ha vuelto absolutamente invulnerable.
Salí del coche. Me flaqueaban las piernas; cada paso sobre los guijarros mojados me exigía un esfuerzo sobrehumano.
Cuando apenas faltaban unos veinte pasos para llegar al muelle, Méline se volvió lentamente.