seca de tubos y de miedo, la nieta de Ernesto y de Carmen, la hija de la niña de las trenzas, la segunda vida de mi vida, dijo la frase que me desarmó las manos que nunca me tiemblan fuera de un quirófano:
Capítulo 3: La trampa de Preston
La mañana siguiente, Reese Sutherland despertó con una certeza inquietante: Preston Lyle no era un hombre que aceptara la derrota en silencio.
A las seis y media, su teléfono comenzó a vibrar sin descanso. Mensajes de sus abogados, llamadas de Altair