afueras de la ciudad, Sabrina Crane contemplaba una taza de café que llevaba varios minutos sin tocar.
No había dormido.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la expresión de Reese cuando le pidió que entregara cualquier prueba a las autoridades. No había gritado. No la había insultado. Ni siquiera había intentado golpearla.
Aquella serenidad le había resultado mucho más aterradora que cualquier amenaza.
Sabrina sabía que Reese no era una mujer a la que se pudiera engañar fácilmente.
Y también sabía que Preston le había ocultado algo mucho más