el estacionamiento vacío. El edificio llevaba meses abandonado, desde que Preston había trasladado sus operaciones a una nueva sede. Sin embargo, una luz permanecía encendida en el tercer piso.
Reese apagó el motor y observó la entrada.
Calvin Mercer había insistido en acompañarla con un equipo de seguridad, pero ella le había ordenado mantenerse a distancia. No pensaba entrar completamente desprotegida; llevaba un transmisor de emergencia oculto bajo la manga y dos agentes vigilaban desde un vehículo cercano.
—Si no recibes noticias mías en quince minutos, entra —le había dicho