a Calvin.
Ahora, mientras caminaba hacia la puerta, sentía que cada paso la acercaba a una verdad que quizá habría preferido no conocer.
La puerta principal estaba entreabierta.
Dentro olía a humedad, polvo y metal oxidado.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó.
Una voz respondió desde las escaleras.
—Suba al tercer piso. Y no haga ruido.
Reese apretó los dedos alrededor de su teléfono y subió lentamente.
Al llegar al pasillo, encontró a un hombre sentado junto a una ventana. Tenía unos cincuenta años, el rostro demacrado y una venda alrededor de