una letra que había empeorado desde febrero.
Me la entregó para que la enviara por correo, porque para entonces ya no era capaz de llegar hasta un buzón.
Yo la guardé en un cajón.
Durante dos semanas.
Tenía diecinueve años, cinco meses de embarazo y vivía en una habitación con un baño compartido. Solo habían pasado seis semanas desde que el hombre al que iba dirigida aquella carta me había echado de su casa…
Y todos los días miraba aquel cajón y pensaba: «Hoy no».
Porque enviarla significaba darles una