a dejar que le pase nada.
El hombre abrió los ojos lentamente.
Sus labios estaban resecos y su respiración era débil.
—¿Por qué… me ayudas? —murmuró con dificultad—. Ni siquiera me conoces.
Mariana tragó saliva.
—Porque usted es una persona. Y porque, si fuera mi padre el que estuviera tirado en la calle, yo querría que alguien lo ayudara.
El anciano cerró los ojos.
Una lágrima recorrió su rostro sucio.
Hacía mucho tiempo que nadie le hablaba con tanta ternura.
Pero justo cuando Mariana llegó a las puertas automáticas del