Pero estaba sonriendo.
—Señor Mendoza —susurró al verlo.
—Mariana. ¿Cómo se siente?
—Cansada. Muy cansada.
Alejandro acercó una silla a su cama.
—¿Y el bebé?
Ella miró hacia la incubadora que se veía a través del cristal de la habitación contigua.
—Es un niño. Es pequeño, pero los médicos dicen que está recibiendo la atención que necesita.
Alejandro sintió una emoción inesperada.
—¿Ya tiene nombre?
Mariana sonrió débilmente.
—Gabriel. Su padre quería llamarlo así.
Alejandro bajó la cabeza durante unos segundos.
—Es un nombre precioso.
Mariana comenzó a llorar en