llegaron con una camilla y trasladaron al anciano al área de urgencias.
Alejandro caminó junto a ellos sin soltar la mano de su padre.
Pero antes de atravesar las puertas, se volvió hacia Mariana.
La observó de arriba abajo.
Su uniforme sencillo.
Sus manos temblorosas.
Su vientre de ocho meses.
Y las lágrimas que intentaba contener.
—¿Usted lo trajo hasta aquí?
Mariana asintió.
—No podía dejarlo tirado en la calle.
Alejandro la miró durante unos segundos que parecieron eternos.
—¿Cómo se llama?
—Mariana Torres.
Él asintió lentamente.
—Mariana… no sé