las orejas.
En todas aquellas imágenes, Sophie aparecía sonriendo.
A veces cansada.
A veces despeinada.
Siempre abrazando a nuestros hijos.
Yo no aparecía en ninguna.
Lily pasó varias páginas hasta encontrar una fotografía de nuestra boda.
—Aquí estabais juntos —dijo.
Sophie y yo intercambiamos una mirada.
—Sí, cariño —respondió ella.
Lily frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué no hay fotos de papá cuando éramos bebés?
La habitación quedó en silencio.
Era una pregunta que sabíamos que algún día llegaría.
Me senté más cerca de mi hija.
—Porque no estuve allí,