Tras firmar mi divorcio, oí a mi exsuegra organizar un brindis para celebrar que me habían echado de la mansión. Al regresar y ver sus maletas fuera, gritó: «¡Esa casa es de mi hijo!». Sin discutir, entregué a la funcionaria judicial los documentos de propiedad. Entonces mi abogada abrió un expediente: alguien había solicitado 1.250.000 euros usando mi firma y otro edificio mío.

las escrituras hubieran cambiado de nombre.

Begoña ayudó a construir aquella mentira. Llegaba sin avisar, criticaba la comida y anunciaba ante las visitas que su hijo había comprado la casa para su esposa. Poco a poco ocupó una habitación, llenó armarios y empezó a invitar a sus parientes durante semanas.

En una ocasión, Elena encontró a una prima de Álvaro durmiendo en su despacho. Begoña aseguró que, puesto que la casa era tan grande, compartirla era lo mínimo que podía hacer. Cuando Elena protestaba, Álvaro respondía siempre lo mismo:

—Mi