en la Clara que había llevado un ramo de girasoles a un taller, convencida de que toda su felicidad dependía de ocupar el asiento del copiloto de un hombre.
Quise abrazarla.
Decirle que la vida no terminaba allí.
Que habría noches difíciles, despedidas y kilómetros de distancia.
Pero también nuevos amigos, viajes, proyectos y amaneceres que todavía no podía imaginar.
Saqué mi teléfono y fotografié el paisaje.
Después envié la imagen a Nora.
«Al final sí llegué a las montañas».
Su respuesta llegó unos minutos después:
«Y esta vez nadie