de quererlo de un día para otro.
Todavía recordaba cómo se arremangaba al preparar café. Cómo fruncía el ceño cuando estaba concentrado. La extraña calidez de aquella noche en que había dormido abrazada a él.
Pero amar a alguien no significaba que tuviera que seguir perdiéndome a mí misma.
—Sigo recordando al hombre del que me enamoré —respondí—. El problema es que casi todo lo que amaba de él lo imaginé yo.
Jingshen apretó los labios.
—Sé que te he hecho daño.
—No sabes cuánto.
—Entonces déjame intentarlo.
Negué con