decidir cómo contártelo.
—¿Y Lin Wanwan tenía derecho a decidir por nosotras?
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es contigo.
Me volví hacia Wanwan.
—¿Quién pagó para que mi hermana desapareciera?
Ella apretó los labios.
—Quizá deberías preguntarle a tu marido cuánto dinero entregó tu suegra aquella noche.
El mundo pareció inclinarse.
—¿Mi suegra?
Jingshen se adelantó.
—Basta, Wanwan.
Su voz fue tan severa que ella retrocedió.
—¿Ahora quieres que me calle? —preguntó, con lágrimas repentinas—. Solo estoy intentando ayudar.
Pero yo ya no veía a una mujer frágil.
Veía