tardes caminaba junto al Guadalquivir con Alba en su cochecito; otras cenaba con Irene o visitaba a sus padres. Había cansancio, incertidumbre y noches interminables, pero también una paz que había olvidado.
Un domingo encontró el álbum de su boda. En la portada sonreía junto a Álvaro, rodeada de pétalos blancos. No rompió la fotografía. La guardó en una caja: había sido parte de su vida, pero no volvería a decidir su futuro.
Aquella tarde Álvaro pasó a recoger a Alba. Antes de marcharse, preguntó:
—¿Crees que algún día podrás