a Alba, lloró.
—Hola, pequeña. Soy papá.
Lucía imaginó por un instante otra versión de aquella madrugada, una en la que habrían celebrado juntos el nacimiento sin heridas entre ellos. Sintió tristeza, pero no arrepentimiento. Su hija podía ser querida por ambos sin que ellos fingieran seguir siendo pareja.
El divorcio terminó meses más tarde. Acordaron cómo organizar los cuidados, las visitas y los gastos de Alba. Hubo desacuerdos, pero Álvaro aprendió a hablar de Alba sin suplicar una reconciliación.
Lucía volvió a su taller de cerámica en Triana. Algunas