hablar.
—Lo siento muchísimo.
Yo también lo sentía.
Sentía lástima por la mujer sentada delante de mí.
Por su hija, que había creído las mentiras de Ryan.
Y, sobre todo, por la Emily de hacía seis meses, que había llorado de felicidad cuando él se arrodilló para pedirle matrimonio.
Antes de marcharse, Helen me entregó una tarjeta.
—Este es mi número. No te pido que perdones a Madison. Solo quería que supieras la verdad antes de casarte.
La acompañé hasta la puerta.
Cuando el ascensor se cerró, regresé al salón