que había alquilado con dos amigas más.
No había decoraciones elegantes ni vestidos de novia.
Solo una mesa con comida casera, música, vino y personas que me querían.
Pasamos la tarde caminando por la playa.
A cierta hora, cuando el sol comenzaba a bajar, Sophie me encontró sentada sobre una roca.
—¿Estás pensando en él?
—Un poco.
Se sentó a mi lado.
—Es normal.
Miré el horizonte.
—¿Sabes qué es lo que más me cuesta aceptar?
—¿Qué?
—Que hubo momentos en los que sí fuimos felices. Y ahora siento que