nunca había sido lo que me hacía especial.
Y tampoco necesitaba que un hombre me llamara de una manera determinada para sentirme querida.
Antes de salir, abrí mi lista de contactos.
Durante meses había conservado el número de Ryan con su nombre completo, incapaz de decidir qué hacer.
Lo miré por última vez.
Luego lo eliminé.
No hubo una explosión de tristeza.
Ni una sensación cinematográfica de libertad.
Solo un silencio tranquilo.
Me puse el abrigo, recogí las llaves y llamé a Daisy.
Al pasar junto a la mesa, vi