compartido décadas de vida de repente parecía distante, y temía que algo grave estuviera sucediendo.
Una mañana, incapaz de ignorar sus preocupaciones por más tiempo, Margaret se acercó sigilosamente a la puerta del baño. Esperaba descubrir algo impactante.
En cambio, descubrió algo desgarrador.
Dentro, Robert estaba sentado solo frente al espejo. El hombre que había sido fuerte durante décadas parecía frágil y exhausto. La edad y la enfermedad habían transformado gradualmente su cuerpo, dificultando tareas que antes le resultaban sencillas.
En lugar de permitir que Margaret presenciara sus luchas diarias,